¡PERDONAME SEÑOR, YO NO SABIA, YO NO SABIA!

Bobby Cruz

Cantante, compositor, escritor y pastor

Integrante de la orquesta de Ricardo Ray y Bobby Cruz

Puertorriqueño

Miami, Estados Unidos

 

Parte I:

 

En el año 1974, en San Juan de Puerto Rico, se celebró un certámen con el fin de elegir entre las orquestas de salsa, la agrupación que sería coronada Los Reyes de la Salsa. El evento se organizó en el Coliseo Roberto Clemente. Durante aproximadamente doce horas, veinticuatro orquestas compitieron por el codiciado triunfo. Richie Ray, y yo, fuimos uno de los grupos que hizo acto de presencia. Para nuestra sorpresa resultamos ser lo ganadores. Después de casi diez años de lucha, parecía ser, que el verdadero triunfo habíamos conquistado. Por fin, éramos reconocidos como los reyes de la salsa, género musical que nacido alrededor nuestro. Mejores ofertas de trabajo empezaron a llegar, hasta ofertas para películas y televisión.

 

En ese mismo año llegó a Puerto Rico la cruzada del conocido evangelista Nicky Cruz. Toda la isla estaba empapelada con pasquines que rezaban “Corre Nicky Corre”. Richie se envolvió en la idea de asistir a dicha cruzada. En aquel tiempo, él estaba mostrando gran curiosidad por lo espiritual. Yo, por mi parte, no quería nada con religiones, ni con Dios. A mi entender, la música que yo hacía y la religión, no eran compatibles. No obstante, me pareció bien que Richie fuera, así tal vez podría salir de ciertos conflictos por los que atravesaba durante esos días. A pesar de la insistencia de Richie para que lo acompañara, no quise ir, pues sabía que me resultaría aburrido. Esa noche, cuando el evangelista hizo el llamado, Richie pasó al frente a orar, aceptando a Jesucristo como su salvador. Y fue ahí, cuando, como decimos, “¡se formó la tángana!” Al siguiente día,  todos en la radio y la televisión, informaban “que los reyes de la salsa, Richie Ray y Bobby Cruz se habían metido a la religión”.Durante las semanas siguientes continuábamos siendo noticia en todas las revistas faranduleras y noticiosas de Puerto Rico.

 

Los empresarios comenzaron a llamar, temerosos que no cumpliéramos los contratos. Algunos comenzaban hablando que nos demandarían. Pese a que yo, nada tenía que ver con la conversión de mi amigo, todo el mundo hablaba de “Richie y Bobby se metieron a la religión”. La burla no se hizo esperar, tan pronto entrábamos a los clubes nocturnos a hacer nuestro trabajo, no faltaba quién empezara a mofarse: “¡Aleluya, agarra al perro por la cabuya!”. Bastante molesto, trate de razonar con Richie, manifestándole incómodo “que en vez de ser los reyes de la salsa, nos habíamos convertido en los payasos de todo mundo”. Todo resulto inútil, no había forma de razonar con él. “Bobby yo he encontrado la verdad y no voy a volver atrás. Haz lo que tú quieras. Si quieres busca otro pianista y sigue tú con la orquesta”. Esa declaración de mi amigo me dejo desconcertado. Sabía lo importante que era la música era para él. Richie era un hombre que no sabía hacer cosa distinta que no fuera música. Ahora, estaba dispuesto a dejarlo todo, por una religión. ¡No tenia sentido! “¡Se ha vuelto loco!”. Concluí en no abandonar a mi amigo, pese a la confusión que atravesaba. No podía darle la espalda cuando más me necesitaba. Busqué muchas formas de hacerlo desistir, tentándolo con drogas y mujeres, pero nada lo volvía a ser el Richie Ray criado conmigo, con quien había compartido todo el pecado que el mundo ofrece.

 

Las semanas se convirtieron en meses. Todo seguía igual. Richie llegaba a los baile con una Biblia que leía en los recesos. La gente continuaba burlándose, mientras yo, proseguía molesto en exceso. Un día al llegar a casa de Richie, con el fin de trabajar en unos arreglos musicales, encontré visitantes. Pronto, entendí que se trataba de cristianos, personas con las cuales mi amigo se codeaba reciente. Eran jóvenes, sin la apariencia del cristiano estereotipo. Al ingresar, uno de ellos me saludó, poniéndose de pie: “Bobby, yo estoy aquí para decirte que Cristo te ama, y que te quiere con Richie, porque él tiene algo bien grande para los dos”. Aquel muchacho era pequeño en estatura, algo que no me permitió pegarle, porque sus palabras me enfurecieron demasiado. En cambio, decidí jugar el juego de la inteligencia. Entonces, yo me creía muy sabio. “Yo no creo en nada de eso”, le solté. “Dios no hizo al hombre sino que el hombre se inventó a Dios porque le teme a la muerte. Y los que se esconden en la religión son personas que piensan que hay un ser que les dará vida después de que hallan muerto, porque son personas como tú que cualquiera los engaña porque no han estudiado”. El joven se sentó en el piso, quizás porque vio que mi respuesta había sido muy mal humorada, respondiéndome: “Es verdad que los pobres son los mas que buscan a Dios, tal vez por la necesidad, pero yo no soy tan pobre, y en cuanto a educación, soy un doctor en medicina, pero conozco al Señor Jesús, y él me ha perdonado, y me ha salvado”.

 

Debo admitir que la contestación de aquel muchacho me tomó por sorpresa. Después de un rato, mirándolo, le repliqué: “Si tú eres doctor, ay de aquellos infelices que caigan en tus manos”. La verdad, aquel joven lucía algo adolescente para ser ya un médico. Volvió a ponerse de pie, y acercándose, se pronunció a mí: “Mira, Richie me dijo que tu no le temes a nada. Quiero pues hacerte un reto”. Yo lo escuchaba, incrédulo por su osadía. “Yo te reto”, continuó, “a que cuando estés sólo en tu casa te arrodilles y le pidas a Jesús que venga a tu corazón. Si no pasa nada, yo me iré a beber ron, y a emborracharme contigo, pero si Cristo te toca, entonces tú, te vienes a predicar el evangelio conmigo”. A ese punto, la sangre me hervía. Tratando de disimular el hecho perturbador de sus palabras, le contesté: “Mira yo nunca hago cosas estúpidas como arrodillarme y hablar con nadie. Eso lo hacen los locos, y por eso los encierran. Y en cuanto a emborracharme contigo, lo primero es que yo ni soy ni nunca seré un borrachón, pero si lo fuera no lo haría contigo”. Insistió: “¿Qué pasa tienes miedo de aceptar mi reto?”. Richie, intuyendo que estaba a punto de perder el control, interrumpió: “A Bobby todavía no le ha llegado su hora, dejémoslo quieto que si Dios quiere, Dios mismo se manifestara a él”.

 

Sin despedirme, salí pensando que ese loco me había arruinado el día. Las palabras de aquel joven doctor, junto a los cambios ocurridos en Richie, me asolaron durante los días siguientes, hasta una tarde, que sólo en mi casa, decidí enfrentar el reto. Inclinándome, me puse sobre mi rodilla derecha, y lo más rápido que pude, exclamé: “¿Jesucristo, si tu eres real, ven a mi corazón?” De un salto, me levanté, no porque tuviese miedo de Dios, sino temeroso de mi esposa, que quizás estuviera escondida en algún lugar, viéndome representar un papel tan ridículo, a pesar de saber, seguro, de estar sólo. ¡Nada pasó! ¡No ví luces, ni escuché campanas! Entonces, me dije: “Bobby Cruz, imagínate si alguien te hubiera visto”. Concluí, qué nunca más repetiría semejante estupidez.

 

En esos días Nicky Cruz regresó a Puerto Rico, telefoneando a Richie para referirle que quería verme. Mi amigo me lo dejó saber. Me preguntaba, “¿cual sería el interés que este hombre tendría en quererme ver?”. Conocía de Nicky porque, cómo él, también me crié en Brooklyn, cerca de su vecindario, aunque nunca nos habíamos visto las caras. ¡La curiosidad pudo más que yo! Accedí reunirme en un hotel de San Juan. La cita era para las diez de la noche. Procuré estar a tiempo. Al entrar a la habitación el evangelista estaba viendo un programa de deportes en la tele. Apagando el aparato, se dirigió a mi: “Por fin nos conocemos, tus viejos amigos de Brooklyn, fueron también amigos míos. Gente como Félix, tu primo Carlos, y otros de aquel grupo, jangiaban conmigo”. Me sorprendió, pues estaba hablando de gente que pertenecía a otra pandilla, no a los Mau Maus. La conversación transcurrió en torno a las pandillas y sus secretos. El, sabía cosas que yo desconocía, y yo, cosas, que él ignoraba. Dialogamos hasta las tres de la mañana, siempre expectante de en cualquier momento me diera por la cabeza con su religión, pero, no fue así. Una vez en la puerta, despidiéndome, le pregunté: ¿Oye, esto de la religión no es sino un truco para ganarte la vida sin tener que arriesgarte tanto, no es cierto?”. Echando su cabeza hacia atrás, se sacó una tremenda carcajada, repostando: “¿Quieres saber la verdad?”. Pensé, “Por fin Richie se dará cuenta que esto no es real”. Yo sabía qué si un pandillero te cuenta algo, es porque confía en ti, relatándote la verdad. “Si me gustaría saber la verdad”, le contesté. “¡Pues, entra y siéntate...!”

 

Durante las siguientes dos horas y media, Nicky compartió conmigo su testimonio, respondiendo a todas mis preguntas. Al terminar, me regaló su Biblia y un ejemplar de su libro Corre Nicky Corre, sin dejarme saber si yo quería recibir a Jesús como mi Salvador. El conocía muy bien con que clase de persona estaba hablando, así como sabía que yo no aceptaría la invitación hasta que hubiera analizado todo. Se conformó con sembrar la semilla, dejando que otro la regara. Unas semanas más tarde fui, por invitación de Richie, a una reunión que Nicky había organizado en ausencia para realizar un seguimiento a las personas convertidas en su cruzada. La reunión fue presidida por un hombre llamado Luis Rosario, a quien el evangelista encargó, compartiendo su testimonio sobre como El Señor lo curó de la adicción a drogas. Luego, invitó a presentes a darse la oportunidad de recibir a Jesús como Salvador de sus almas. Instintivo mire a mí alrededor, buscando comprobar si alguien allí estaba por decidirse, pero, casi inmediato, entendí que la única persona presente que no era miembro de la congregación, era yo. Todos, con sus cabezas inclinadas, oraban en silencio. El pastor continuaba insistiendo que alguien allí necesitaba a Cristo. Mirándome a la cara, señalo: “Yo sé que aquí hay alguien que necesita a Jesús”.

 

Me pare, comenzando la asamblea a aplaudir, alabando a Dios, convencidos que me había levantado para que oraran por mí. Cuando el ministro logró el silencio de la iglesia, me interrogó: “¿Quisiera usted recibir a Jesús como su Salvador?” Le respondí: “Mire pastor, ustedes son gente muy buena, y la verdad, yo me he sentido muy bien entre ustedes, pero la verdad, es que ustedes no quieren gente como yo en este grupo. Si yo me hago parte de este grupo, créanme lo voy a dañar. Por ejemplo, en el tiempo que he estado aquí ya he visto un par de muchachas que me atraen bastante. Si vuelvo una vez más, de seguro las voy a enamorar, y si no me cree pregúntele a mi esposa”. Rose, mi esposa, estaba sentada a mi lado. Sincero yo, quería que supieran con exactitud que clase de persona era. De pronto, escuché una voz detrás mío: “Bobby, no luches más, tu sabes que tu quieres darle tu vida a Jesús”. Cuando termine de oír esas palabras sentí que la ira se apoderaba de mí. “¿Quién será esa persona tan atrevida que se atreve a dirigirse a mi de esa manera?” Volví para ver quien era la persona que hablaba, quería decirle un par de cosas, pero, cuando ví a la persona, quedé mudo, paralizado. Era una bella joven, rubia y alta. Aunque, no era tanto lo bonita, sino que su rostro exhibía un brillo tan lindo, tan dulce y apacible, que se asemejaba a un ángel. Quedé tan impresionado que en vez de insultarla, como había pensado, me escuché: “¡Okey!”. Bueno, aquella gente oró por mí. Terminado el servicio, regresé a mi casa sintiendo nada diferente, empero, con aquella rubia, cuyo nombre es Jannet Luttrell, en mi mente.

 

Parte II

 

Un tiempo después, encontrándome en mi casa, un martes en la noche, viendo televisión, de repente escuché dentro de mi una voz que repetía: “Richie esta bien y tú estás mal”. El temor se apoderó de mí, miedoso como un niño asustado de los fantasmas. Percibía que una presencia extraña rondaba la sala. Sentía como si alguien fuera a tocarme por el cuello. Sensación similar a aquellas experiencias que cuando era niño viví en el barrio Tres Hermanos de Añasco. Seres extraños, a quienes mi abuela -quien practicaba el espiritismo- llamaba “Los espíritus protectores”, que hacían acto de presencia en la habitación compartida con un primo y un tío. Recordé que la abuela siempre decía “cuando los espíritus protectores venían solamente querían que se les rezara”. Decidí rezar, encerrándome en el cuarto de baño, porque, pese a que transcurría un tiempo, luego de las once de la noche, y mi esposa, y mis hijos, estaban durmiendo, temía que alguien se levantara, sorprendiéndome rezando de rodillas. Me arrodillé junto al inodoro con la tapa levantada. La voz continuaba: “¡Richie está bien y tu estás mal!”. Me hallaba erizado. Intenté rezar, descubriendo que no sabía cómo. La voz era tan fuerte que ocupaba el cuarto. Impotente en el orar, se me ocurrió pensar que eran seres extraterrestres intentando comunicarse. Llenándome de valor, pregunté: ¿Quien me habla? Entonces, mi cuerpo empezó a inclinarse de tal manera que imaginé mi cabeza introducida en el inodoro. La respuesta a mi pregunta fue sencilla: “¡Yo soy!”.

 

Consecuente, espere a que me dijera quien era, porque “Yo soy”, no describía suficiente quien era, con la diferencia que ahora, con certidumbre, alguien buscaba comunicarse conmigo. Interrogué de nuevo: ¿Tú eres quién? Respondió: “¡Yo soy todo lo que tu necesitas! ¡Mira donde Richie está!”. De repente, visioné a Richie vestido de tunica blanca, resplandeciente, como si una luz de fotógrafo lo iluminara desde el fondo. Conversaba con alguien situado a mayor altura, a quién yo no podía observar por estar de frente a mi amigo. Dialogaban en un lenguaje muy bonito pero que no entendía. Luego la voz, otra vez se dirigió a mi: “¡Mira donde tú estás!”. Ahora, veía un hueco con fuego, siendo atacado por aquellas llamas que parecían tener mente propia, decidido a consumirme. Oí, preguntarme, en aquel hueco: “¿Como salgo de aquí?” La voz, se pronunció: “¡Yo soy el camino!”. Mi corazón palpitaba tan fuerte que temí padecer un paro cardiaco. Por primera vez, ocurrente reflexioné, que quizás, era Dios, quién me hablaba: ¿Eres tu Dios? La respuesta fue: “¡Yo soy!”. Le supliqué: ¿Si eres Dios? ¡No me mates!”. Me contestó: “Yo he venido para darte vida”. Seguro que mi corazón estaba por detener, le solicité: “Si tu eres Dios, permíteme ir a la cama y háblame por sueños”. Me dijo: “¡Ve!”.

 

Sin pensarlo dos veces salí del cuarto de baño corriendo a mi cama. La verdad, no recuerdo haber puesto la cabeza en la almohada, cuando en un instante me ví en un lugar que parecía ser una selva, donde mi mano empuñaba una espada de madera -igual a una que un tío me había manufacturado cuando niño, con la que jugaba creyéndome un espadachín-. Cortaba la vegetación, abriéndome  paso entre la maleza, mientras, de entre los matorrales saltaban leones, tigres, panteras, que huían delante de mi, perseguidos por mi, hasta un terreno -que a mi entender- era un campo de jugar golf, donde las fieras subían a una loma cubierta con una grama verde, para pararse en dos pies, transformados en seres humanos, vestidos de blanco, con las manos en alto, alabando a Dios. Entonces, la voz que había hablado conmigo, cuando estaba despierto, expresó: “Así tu los traerás a mi, y yo los transformaré”.

 

De pronto, ya no estaba ahí, sino me encontré sentado en la primera fila de la primera clase, de un avión que se me asemejaba a un jumbo 747. Desde la silla que ocupaba, veía hacia la cabina a la que se ingresaba por una puerta en forma de herradura, sobre la que estaba un aviso escrito en letras de oro que interrogaba: “¿Qué has hecho tú?”. La puerta se abrió, egresando el piloto, quien se dirigió a los pasajeros, en esa lengua que en absoluto entendía, pero que comprendía. Advertía sobre el abrocharse los cinturones, estábamos a punto de despegar. Acto que me pareció raro, porqué quien advierte, por lo general, es una aeromoza. Mire a mí alrededor, imaginando al avión lleno, listo para despegar. Inmediata, la voz volví a escucharla: “Está es mi casa, y mañana tu irás a ella, y dirás lo que yo te diga”. Luego, sentí una mano, acompañada de una voz femenina: “¡Despierta, despierta!”. Era mi esposa, quién había visto que me movía demasiado. “¿Parece que estabas soñando?”, me inquirió. “¿Qué hora es?”, le pregunté al verla vestida. “¡Ya son casi las nueve!”. ¡No podía creerlo! Pensaba trascurridos unos cuantos minutos, desde que salí del baño hacia la cama.

 

Sin decir nada mas, me vestí y salí a donde Richie para contarle lo sucedido: “¡Gloria a Dios!”, me replicó, luego de escuchar mi relato, “¡Gloria a Dios, Bobby, Dios se te reveló! ¿Crees ahora?”. “Yo no entiendo que pasó pero sospecho que se trata de seres extraterrestres que están comunicando conmigo”. Mi amigo puso una cara, mezcla de incredulidad y tristeza. Pero, después de meditar un rato, me contó: “Aquí, a la vuelta de la esquina hay una señora que es casi una pastora; ¿Porque no me acompañas hasta su casa? Quizás ella pueda explicarte mejor que yo que fue lo que te paso anoche”. Me pareció bien, tenía curiosidad de saber de que se trataba todo aquello. Entonces, conocí a una bella persona llamada Esther, quién me cayó muy bien, contándole la experiencia de la noche anterior. Cuando le relaté el sueño del avión y el contenido del aviso, “¿Qué has hecho tú?, me explicó: “Si usted quiere saber que fue lo que le paso anoche, tiene que acompañarme esta noche a un lugar que no esta lejos de aquí”.Quizás por curiosidad, o porque Esther parecía ser una persona sincera, limpia en su espíritu, tanto que me inspiraba confianza, le dije que aceptaba su invitación.

 

Esa noche, acompañado de mi esposa y de Richie fuimos a la Iglesia de los Defensores de la Fe, en el barrio La Cerámica, en Carolina. La iglesia era rectangular, con un pasillo en el medio y sillas a ambos lados, pero lo sorprendente aconteció cuando mire hacia el altar. Parecía que aún estaba soñando. El altar tenia las letras en oro en forma de herradura con la frase: “¿Qué has hecho tú?”. Me sentaron en la primera fila, exacto en la misma silla en el avión del sueño. Ví que detrás de las letras, al fondo del altar, estaba una puerta igual al acceso por donde salió el piloto. Un buen número de las personas asistentes me reconocieron. Escuchaba murmullos. “Esos son Richie Ray y Bobby Cruz”. Me sentía abochornado. Decidí bajar la cabeza, mirando al piso. Pasado un rato, escuché una voz dándome un saludo religioso. Levanté la mirada para descubrir quién era. De un salto me puse de pie. ¿Usted es el piloto que yo ví anoche? Se quedó mirándome, sin entender nada. “¿Cómo? Yo soy el pastor Ambrosio Escobar. ¿En que el puedo ser útil?”. Entonces Esther, poniéndose de pie, se acercó al pastor para manifestarle algo. Una vez escuchó, se dirigió a la congregación: “¡Amados! ¡Aquí hay un hermano que tiene algo de Dios para nosotros, pase adelante, varón! Aunque el pastor hablaba en español, yo no entendía nada. Las palabras “hermano y barón” resultaban extrañas, en lo personal, tanto, que me causaban risa. Además, yo no había ido allí a llevar algo, nada, por lo que concluí que se trataba de alguien, que quizás Dios, había enviado con algo para mí, para que yo entendiera que era lo que me había pasado. Comencé a mirar a mí alrededor, buscando ver si alguien caminaba hacia el altar, trayendo alguna cosa entre sus manos. El ministro repitió: “¡Varón suba!”. Lo observé sólo para saber hacia donde dirigía su mirada, únicamente para identificar cual podría ser la persona que él urgía, pudiendo tener algo para mí. Sorprendido, mire como el pastor me miraba. Incrédulo, le indique con mis manos si me estaba llamando. Respondió: “¡Si, usted, suba!”. Subí sin saber que hacer, o decir.

 

Yo estaba acostumbrado a dirigirme a públicos, pero esta oportunidad era diferente. No eran los salseros habituales. Me parecían gente extraña que hablaba extraño. Por ejemplo, cuando me presentaron me llamaron varón y hermano. Yo estaba acostumbrado a “El rey de la salsa”. En vez de aplaudir, una vez en la tarima, observe que movían sus manos de un lado para otro, proclamando: “¡Gloria a Dios! ¡Aleluya!”. Todas las miradas estaban puestas en mí. No sabiendo que decir, empecé a expresarme mi lenguaje. “Buenas noches damas y caballeros”, comencé diciendo sin saber que más manifestar. De pronto, sin quererlo, mis ojos se fijaron en una persona allí sentada, sin saber como, empecé a relatarle cosas que yo no entendía, sin conocimiento alguno para comunicarle. La persona, levantándose de su silla, después que hablé, exclamó: “¡Gracias Señor!”, empezando a llorar. De la misma manera, dirigí la palabra a otras personas, con resultados parecidos. Luego entendí, que esas personas tenían peticiones delante de Dios. El Señor les contestó a través mío. Toda la iglesia alababa a Dios. Aún ignoro canto tiempo duro aquello. Finalmente, el pastor Escobar me invito a su oficina, situada detrás del altar, igual a la cabina del piloto del sueño. “Varón, el Señor le uso maravillosamente”, me dijo. Yo no entendía nada. El ministro desconocía que Bobby Cruz en absoluto era cristiano. Esther, quien había entrado a la oficina, junto con mi esposa y Richie, se lo aclaró. Entonces, me pidió arrodillarme para que mediante la oración recibiera al Señor en mi corazón. Me negué explicando que era católico. En verdad, yo no era nada, pero sabia, que de esa manera, me lo quitaría de encima. Yo no quería nada que ver con esa gente tan extraña.

 

Parte III

 

Días después, conseguí una cámara fotográfica, con lente telescópico, pensando aún que la experiencia vivida se debía a seres extraterrestres, interesados en comunicarse conmigo. Quería volverlos a contactar, quería en lo posible fotografiarlos. Pero las semanas fueron pasando, sin lograr contacto alguno. Cansado y frustrado se me ocurrió retornar al lugar donde inicialmente había hecho contacto, el cuarto de baño. Instruí a mi esposa, quién pensaba que me estaba volviendo loco, para que ninguna persona me molestara, ni me pasaran llamadas telefónicas. Pensaba en ningún momento salir del cuarto de baño, hasta que hiciera de nuevo contacto. Una vez adentro, me arrodille, preguntando si la persona que me había hablado, me podía escuchar. La voz no se hizo esperar: “Yo fui quién los hizo famosos, ahora los enviaré  para que hablen de mi, a las personas, a las cuales, yo les dí a que los conocieran”. Comencé a pensar que en verdad era Dios quién me hablaba, pese a mis estudios, en los que había aprendido que el hombre es el resultado de la evolución, donde Dios -si así se le podía nombrar- era simple una energía, sin capacidad de razonar. Le pregunté: “¿Eres tu Dios?” “¡Yo soy!”, fue la respuesta. Entendía que me convocaba para seguirlo, una invitación que me asustaba. Le volví a interrogar: ¿Si te sigo, de que voy a vivir? Me contestó: “Yo soy todo lo que tu necesitas”. Llenándome de valor, le riposté: “Si tu eres Dios, haz un milagro”. Me dijo: “El teléfono va a sonar, ve al lugar que te inviten y te daré lo que me pides”.

 

Al instante escuché el teléfono sonar. Por la inmediatez, pensé que esa no era la llamada que él me había advertido. Mi esposa tocó a la puerta del cuarto de baño, avisándome: “¡Tienes una llamada!”. Abrí la puerta, empezando a discutir con mi esposa, recordándole si no había entendido, cuando le dije que no quería ser molestado, ni recibir llamadas telefónicas. Finalmente, fui a tomar el teléfono, que estaba descolgado sobre la mesita. Era Richie, quien tomando aire, me dijo: “Quiero invitarte esta noche a un servicio que va a haber en la casa de Esther”. Le contesté: “Mira Richie, yo no quiero volver a esos servicios. A mi no me gustan nada, además engancha porque estoy esperando una llamada muy importante”. Entonces escuché la voz, muy fuerte la voz, que me conversaba, por primera vez, en un lugar diferente al cuarto de baño: “¡Te dije que fueras donde te inviten!”. Pensé que Richie también había escuchado lo dicho con poder por la voz, pero, pude darme cuenta que el no había escuchado nada, aún continuaba insistiendo que debería asistir porque, quizás, Dios tenia algo para mi en esa noche.

 

Asustado por el regaño recibido le manifesté, que estaba bien, que iría, pero Richie parecía no entender, hasta que al fin comprendió que había aceptado la invitación. Quedamos en que él me encontraría en casa de Esther, porque llegaría un poco tarde por tener otro compromiso, mas temprano, la misma noche. Cuando arribé al servicio, esté había iniciado. Era un grupo compuesto, en su mayoría por mujeres, que cantaba acompañado de una batería con un platillo. Estaba ubicado en la marquesina de la casa, donde habían puesto sillas plegadizas de metal. Acompañado de mi esposa me senté en la última fila, junto a la puerta, por si decidía salir antes de que terminara el evento. Puse a mi esposa en la silla de adentro, situándome en la que da al pasillo. Mi esposa es una persona sin malicia, por lo que constantemente hago el papel de padre, en lo que cuidarla se refiere, razón por la cual, la senté adentro, porque de esa manera estaba bajo control. Aun así, le advertí que no quería que se metiera en cualquier cosa que allí pasara. “Nosotros estamos aquí solamente para observar”, le anuncié. Como a la media hora, ví ingresar a un hombre aparentemente ciego -tenia una varita y una persona lo dirigía por el brazo hacia la tarima-. Imaginé, que quizás era el milagro que Dios me concedería. Sin embargo, ¿cómo puedo saber si verdaderamente es invidente?Hasta pensé, que Richie lo contrató para convencerme de ingresar, con él, a esa religión.

 

Resultó ser que el ciego era el predicador de la noche, quién comenzó manifestando que Dios haría milagros en esa noche, “que si habían sordos hoy iban a oír, que los cojos correrían y que los ciegos recobrarían la vista”. Sus palabras me dieron que pensar, después de todo si Dios habría de sanar ciegos, entonces, ¿porque no lo había sanado a el? Tan pronto hube meditado, el ciego se viró, señalando hacia donde estaba sentado, expresándome: “¡Usted esta equivocado!”. Todas las personas miraron hacia atrás, buscando ver a quien se refería el invidente, cuyo nombre es Agustín Pimentel. Yo también mire hacia atrás, sabiendo que me había localizado en la ultima fila, detrás de mi no había nadie. El ciego volvió a hablar, señalando hacia donde yo estaba sentado: “Usted mismo, es a usted, a quién le estoy hablando. Permítame decirle algo. Yo no nací ciego. Lo que pasa es que Dios me llamo al ministerio, pero siendo cantante quería darme a conocer primero, antes de seguir al Señor. Además, tenia miedo de dejar mi carrera y no saber de que habría de vivir si lo seguía, pero él me dijo que El era todo lo que yo necesitaba, pero yo endurecí mi corazón y dije que todavía no estaba listo para seguirle. Entonces el me cegó por desobediente. Pero Dios si sana a los ciegos, ¡créalo!”.

 

No podía creer lo que mis oídos escuchaban, pues no había pronunciado palabra alguna. ¿Como era posible que ese hombre leyera mis pensamientos? Entonce pensé: “puede ser un ser extraterrestre porque solamente así puede leer mis pensamientos, por medio de la telepatía”. Desde ese momento, empecé a reflexionar cosas buenas del invidente. Si bien, no era verdad lo que meditaba sobre él, porque pensaba: “Qué bien habla ese hombre”, sin entender en nada lo que enseñaba. El hablaba de la sangre, de platificaciones, de permitir a Cristo entrar en el corazón, en fin, este también hablaba otro lenguaje que a pesar de ser español para mi era chino. Aún así, meditaba positivo creyendo que el podía escuchar mis pensamientos. No quería pasar una vergüenza en aquel lugar. Después de aproximadamente una hora, la hora más larga de mi vida, el ciego invitó a los enfermos de cualquier enfermedad o a quienes tuvieran caries en sus dientes. Algunos de los presentes empezaron a caminar hacia el altar. Pensé que, quizás, era una buena oportunidad para salir de aquel lugar, sin que alguien se diera cuenta. Estaba a punto de decirle a mi esposa: “¡Vámonos!”, cuando la ví levantarse, pasando frente a mí. “¡Qué bueno!”, pensé, “ella también quiere irse”. Me preparé para seguirla, pero, para sorpresa mía, caminó hacia el altar ubicado, preciso, en dirección contraria a la salida. Tomándola por el brazo, molesto, le pregunté: “¿Para donde vas?” Me replicó: “Para el altar”. Antes de que dijera algo más, estaba yo confrontándola a regañadientes. “¿Que fue lo que te dije cuando llegamos aquí? Si mal no recuerdo me parece haberte dicho que estábamos aquí como espectadores, ¿no es cierto?”.Trató de responder pero ya estaba yo hablándole a la silla.

 

Al parecer, algunos de los asistentes se dieron cuenta que discutía con ella, razón por la cual, volví a sentarme sin soltarle ahora la mano, porque sabia que ella era capaz de intentar llegar, otra vez, al altar. Miré a mí alrededor, buscando el momento para salir de allí, sin llamar la atención, mientras el ciego aun oraba por quienes pasaron al frente. La hermana Esther -como todos le nombraban- se acerco a mi: “Bobby, no se vaya, porque tan pronto como despidamos el servicio, vamos a obsequiarles café con queso, y galletitas”. “Muchas gracias señora Esther”, le respondí, “pero yo me tengo que ir pues tengo unos compromisos”. Mi esposa no me dejó terminar, y poniéndose de pie, aclaró: “¡Tu no tienes nada hoy!”. Yo sentía que la quería estrangular. “¡Tengo compromisos que tu no conoces!”, continuando la mentira. “Pues yo quiero café”, reafirmó ella, y tomando a Esther por la mano, se fueron dejándome allí, con los pensamientos mas sangrientos que jamás hallan pasado por mi mente. Decidí que la dejaría sola, “¡y, qué llegue a la casa como pueda!”. Cuando, finalmente, estaba a punto de escaparme, me llamó la atención una niña quejándose por el dolor en una muela. La madre de la niña fue a investigar que pasaba, de pronto, dio un gritó alertando a todos los presentes: “Es un milagro, tiene una cruz de plata en una de sus muelas”. Varias personas se acercaron para ver el supuesto milagro, uniéndose al coro: “¡Un milagro!”.

 

Un rato después, curioso por informarme, si era cierto, o por lo menos, saber que cosa era eso que denominaban milagro, me acerque a la niña, entre siete y nueve años, a investigar: ¿A ver mamita que es lo que tienes en la boca? Abrió su boca, apartando el cachete con un dedo, de modo que la dentadura del fondo se pudiera ver. Al instante ví destellos de algo brillante sobre una de sus muelas. Incrédulo, le pregunté si había venido con el invidente, respondiéndome que con su mama. Volví a insistir sobre si estaba segura sobre eso que tenia en los dientes era el trabajo de un dentista o un milagro. La niña llamó a su mama para repetirle la pregunta que yo acababa de enunciarle. Afortunado, la madre no le prestó atención, porque en ese momento miraba los dientes a una de las señoras en el piso, que por cierto, se habían desmayado. Cuando ví aquella mujer tendida, pensé que estaba muerto. Corrí a buscar a mi esposa, que encontré sentada en la sala de la casa tomando café y conversando con la gente como si los conociera hace tiempo. “Vámonos”, le dije, “que una vieja acaba de morirse”. No pareció preocuparse de que alguien hubiera fallecido, contestándome: “En un momento, todavía no he terminado el café”. ¡Ahora!, contraataque, tomándola por la mano y levantándola con fuerza: “¡Nos vamos ahora!” Cuando salíamos, alguien más cayó al suelo. La gente escandalizada exclamaba: “¡Milagro!” y “¡Gloria a Dios!”.

 

Al ver, dos sucesos extraordinarios, que para mi eran dos cadáveres, reflexioné: “No es posible que todo el mundo se este muriendo”. Entonces me detuve, otra vez, para investigar bien lo que estaba pasando. Mire a la boca de las dos señoras, y de lejos, pude observar los destellos. Una de ellas tenia los dientes forrados en un metal color cobre, pero con un brillo como de oro pulido. Para mí, todo era un show orquestado por Richie para convencerme. Me dirigí a mi esposa: “Esto no es obra de Dios, sino de Richie, por eso no a hecho acto de presencia, para luego decirme, “Yo no tuve nada que ver con eso, yo ni tan siquiera estaba allí””. Mi esposa, observándome con una mirada que combinaba disgusto e incredulidad, me reprochó: “¿Cual es tu problema? ¿Como es posible que ni viendo puedas creer?” “¡Ni viendo qué!, contragolpee, “tu eres una tonta que te dejas engañar por cualquiera. Por eso tú crees, que estos son milagros, pero déjame decirte, que si fuera Dios obrando, no pondría pedacitos de metal que cualquier dentista puede poner. Dios pondría un diente nuevo, ¡zángana!”. Al pronunciar  esto sentí una persona que caía sobre mí. Era otra señora, pero que a diferencia de las otras, estaba conciente, avisando: “¡Milagro!”. Como había caído sobre mi cuerpo, fui el primero en ver su boca. Ella señalaba el lugar donde se suponía que existió el milagro. Yo miraba en donde no había nada. Ví a mi esposa, recriminándola con un gesto que significaba: “¡Te das cuenta, tonta!”.

 

La señora seguía intentando atraer la atención de la gente que contemplaba los otros milagros. “¡Un milagro!”, anunciaba. Me acerque a ella para enjuiciarla: “Señora, usted no tiene nada”. Me respondió: “¡Si mijo, mira aquí, y aquí, y aquí…!”, señalando uno a uno sus dientes. Para evitarle pasar vergüenza, le hablé en voz baja: “Señora, lo único que usted tiene ahí, son sus dientes”. “¡Mijo, pero yo no tenia dientes ahí!”, me contó emocionada. Mi esposa me devolvió la mirada anterior, que le había dado, como diciendo: “¿quién es el único zángano aquí?”. Confrontándome: “¡Tú ves! ¿Crees ahora?” Renuente a aceptar lo que no entendía, le ordené: “¡Déjame ver tus dientes!”. Mi esposa fumaba demasiado, y como consecuencia, su dentadura estaba en malas condiciones. Los dentistas no podían trabajar en ella, porque padecía hemorragias, estando en varias ocasiones cuidados intensivos, luego ser intervenida odontológica. “Déjame ver tus dientes, porque si es Dios quién esta aquí, haciendo estos supuestos milagros, tú eres posiblemente el milagro mas grande en este lugar”. “Yo no tengo nada”, respondió. “Yo sé que no tienes nada”, continúe, “no tienes nada porque Dios no esta haciendo nada aquí”. “No”, ripostó. “No tengo nada porque tu no permitiste ir al altar para que el ministro orara por mi, el oro por todas esas personas, por eso ellos recibieron un milagro”.

 

Yo estaba confundido, no sabía que un hombre le podía decir a Dios lo que tenía que hacer. Yo había escuchado al ciego cuando oró por las gentes dándole órdenes a Dios. El exhortaba: “Padre, haz esto en este, y aquello en aquel, como si Dios estuviera allí para hacer lo que el ciego solicitará”. Esa era una de las razones por las que yo estaba seguro de que allí, no sucedería nada. El invidente había orado por toda aquella gente. ¿Será posible que Dios atienda a la voz de un hombre?, meditaba. Para salir de dudas, tomé a mi esposa por la mano, precisándole: “¡Ven!, vamos a ver de una vez por todas si Dios esta aquí, o sí esto es un show”. Casi arrastrándola la lleve donde estaba el ciego, quién aun oraba por otras personas que no habían pasado al frente con anterioridad, pero que ahora, viendo lo que pasaba, querían meterse en la bendición. “¡Ciego!”, le grite en una voz muy fuerte: “Yo quiero que ores por mi esposa, y si no pasa nada, te juro que aquí se forma la tangana esta noche”.

 

Yo era una persona bastante violenta y, esa noche en especial, mi esposa con sus creencias me tenía mas molesto de lo usual. El invidente me contestó: “Usted no puede amenazar a los siervos de Dios. Yo no le temo quien quiera que usted sea, pero ponga a su esposa delante de mi y usted vera si Dios hace o no hace milagros”. Cuando mi esposa escuchó al ciego contestarme de esa manera se asusto, porque ella sabía que yo le hubiera dado una paliza al invidente (pese a limitación), pues cuando yo perdía la razón, no importaba quien estuviera por delante. Entonces ella, consciente, me expresó: “¡Vámonos!”. “¡Ah! ¿Ahora te quieres ir? Pues, no nos vamos hasta que él ore por ti”. Una lágrima descendió por la mejilla de mi esposa. Ella sabia que era demasiado tarde para controlarme. Sabía que aquello iba a terminar mal. El invidente volvió a dirigirse a mí: “¿Esta su esposa frente a mi?”. “¡Si!”, le conteste. El, entonces, levantando sus manos, ordenó: “Padre, ponle plata, oro o marfil”. Cuando el ciego pronunció esas palabras, mi esposa cayó al suelo, como fulminada. No cayó lenta, sino violenta, completamente inconsciente. Su rostro, se torno un poco azul, y su boca, quedó abierta, como un muerto. Me volví al invidente para enfrentarlo: “¡Ciego, me mataste mi mujer!”. “No se preocupe que es que Dios esta obrando”, me dijo. “¡No, lo que pasa es que tú no la puedes ver!”, conteste yo, complementando, “pero se murió”.

 

De pronto, una señora llamada Olga, me alertó: “Mira los dientes le están cambiando”. Observé hacia el piso, donde estaba mi esposa tendida. Un olor a algo como éter, o cloroformo, comenzó a percibirse en todo el lugar. Las caries que mi esposa padecía, empezaron a cubrirse de un metal plateado hasta no quedar ni una sola en su dentadura. Al ver aquello, una expresión emergió de mi boca, sin un pensamiento correspondiente. “¡Eah, rayos, Dios es real!”, exclamé. Y sin saber como, caí de rodillas junto al cuerpo de mí esposa. Profundos sollozos estremecieron todo mi cuerpo, y aún, sin pensar, pedí perdón a Dios. Por mi mente, pasaban muchas cosas, de todo lo malo que yo había hecho, y lloraba, e imploraba: “¡Perdóname Señor, yo no sabia, yo no sabia!”.

 

 

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Etiquetas: BobbyCruz, Fania, PuertoRico, Religión, RicardoRay, RichieRay

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Comentario por mauricio ramirez el abril 10, 2012 a las 9:27pm

Tremendo relato de la conversion de Bobby Cruz al cirstianismo, bien se dice que si quieres el perdon de tus pecados debes perdonar primero tu pasado,gracias a este relato ahora entiendo el por que de la conversion de tantos salseros de hoy en dia, primero deben pasar por un infierno antes de ir a buscar el reino de dios

 

 

 

Comentario por Héctor Zabaleta el abril 8, 2012 a las 9:53pm

Gracias SalsaGlobal, increíble testimonio.

Comentario por Tita el abril 7, 2012 a las 6:05am
Gracias, aunque somos de religión diferente, Dios es uno solo, y todo lo leído refuerza el para donde voy, muchas gracias y Dios te Bendiga.-

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